13 abril 2012

el último rugido

efectivamente, el viejo ya estaba ondulado, y la abuela, nada que le hablaba. la muy maldita lo había llenado (uno) de culpa y (dos) de miedo, sentimientos que un par de semanas antes no hubiese podido diferenciar.

te vas a morir de cáncer

todo, porque usó la plata del colegio para comprarse unos adiddas. pero tampoco no era plata del colegio. se trataba de una inútil materia de quinto año que lo obligaba a pedir dinero en los semáforos: el efectivo recaudado se obsequiaba a un ancianato, orfelitano, o cualquier otro lugar de gente infeliz que terminara en ato si es que en realidad se regalaba. en las vacaciones anteriores el director se había comprado una camioneta 4x4, justo cuando las alcancías se llenaron por primera vez hasta el tope.

pero también era cierto que la gente estaba sensible últimamente. días antes, claudia lo había insultado por lanzarle comida a un león de Parque del Este. claudia, quien lo defendió cuando el profesor barreto lo humilló públicamente por desconocer la fecha de declaración de la independencia.

sí, esa misma claudia.

en ella pensaba cuando entró a la habitación del viejo. su papá lucía flaco, ojeroso y seco como un león de zoológico tercermundista. lucía (su abuela) no le permitía darle siquiera una chupadita a ningún belmont, y eso (se justificó mucho después) lo estaba matando más que el  maldito cáncer. dos cosas aprendió luego:

1) no se puede colocar el nombre «lucía» a nadie en un cuento, porque confunde.
2) la gente tiene derecho a hacer con su cuerpo lo que le dé la gana

la primera, la supo luego de perder la virginidad con claudia, al echarle la historia de su vida. la segunda, cuando uno de sus compañeros de trabajo orinó sangre en la oficina. la señora de limpieza pasaba el coleto en ese instante, y no lo dejó entrar al baño. su compañero tampoco había anunciado que lo dializaban todos los martes.

sin embargo, aquella vez que compró el belmont, lo hizo por pura intuición. golpeó la caja un par de veces contra la mesa de noche, y colocó el cigarro entre los labios del moribundo. su papá dio un par de bocanadas intensas, como si por fin saliera del mar a respirar. le dijo

grac - cias

y un rostro de león que pareció dibujarse en su cara, exhaló un último rugido.

su abuela no apareció más. fue como si nunca hubiera existido.

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