04 mayo 2014

Iba a moler maíz y mira lo que me pasó




Era diciembre y hacía frío como si la ropa estuviera mojada y el ventilador encendido. Me levanté temblando, y aproveché para ir a moler el maíz en el pilón de Claudio, ¿te acuerdas de Claudio?, el viejito que tenía un molino a varias cuadras de aquí. Así Coromoto no me fastidiaba en la mañana con la cuestión de las hallacas, el maíz y esas tonterías de la Navidad.

Agarré la pila de maíz, unas cholas y me fui así como estaba, porque tú sabes que yo duermo con la camisa abierta y pantalón. Pero cuando llegué al molino estaba trancado, quizás porque el vagoneta de Claudio dormía bajo grandes frazadas que le daban calor, mientras yo pasaba el frío hereje allí en la calle.

Aquella madrugada se podía ver las constelaciones con claridad. Había muchísimas estrellas porque el cielo estaba despejado, y por eso hacía más frío, porque mientras más despejado está el cielo, más fresco se pone el clima, ¿cierto o falso? Me quedé entonces pasmado viendo las estrellas, como cuando subía a la platabanda con el telescopio y amanecía dormido en la silla. Pero esta vez yo no tenía cobija, y los siete cabritos titilaban como mis piernas a punto de congelarse.

¡Clank!

Escuché un ruido a lo lejos y levanté la cabeza. Al principio pensé que era Claudio pero no: se trataba de una vieja de aspecto tenebroso. Estaba al final de la calle, tenía el pelo claro y una bata blanca que se movía con la brisa helada. Se notaba que la mujer en verdad no tenía frío, como si la bata fuera una piel de oso polar delgada como la seda, y tuviera algún campo magnético que ahuyentara el viento glaciar. La brisa le movía la bata y el condenado atuendo se iluminaba por sí solo, como si las estrellas le proyectaran auroras boreales con un reflector invisible. Pero tú sabes más que nadie que nada brilla con las estrellas, ni siquiera los ojos cuando uno está enamorado, y por eso me empecé a asustar. Pensé que se trataba de la Sayona.

Me puse nervioso y traté de acurrucarme más de lo que estaba, para tratar de parecer un bulto o cualquier cosa que no se notara entre la oscuridad de la madrugada. Pero la vieja me vio y comenzó a acercarse sin prisa alguna, con esa actitud que tienen los espantos para que te cagues, para que te dé tiempo de arrepentirte de todas las cosas malas que has hecho en tu vida. Pero yo no hacía nada malo, en verdad, más bien la gente solía joderme. ¿No estaba allí en la madrugada solo, haciéndole un favor a Coromoto por puro gusto, pasando frío como si estuviera en Plutón?

La vieja seguía acercándose con lentitud de cometa que se dirige a la Tierra, con el aliento fosforescente de gases tóxicos, los dientes como llamas que penetran en la atmósfera y queman el oxígeno. Brillaban sus ojos que no tenían color, sus pómulos y cachetes huesudos, los brazos albinos que colisionaban en las ciudades terrestres como pisadas en la arena. Yo estaba por orinarme del miedo, casi sentía su mano recorriendo mi cara desde la frente hasta mi cachete derecho, sus uñas felinas que se enterraban en mi cuello sin ella inmutarse, sin darme una risa maliciosa, sin una frase de película de terror barata. Sólo su mano en mi cuello y luego humo, asfixia, nada.

Bajé la cabeza. Me vi en El Carabobeño en la última página: “La Sayona cobró otra víctima”, y a toda mi familia llorando en el velorio. Y mi familia lloraba, y otra gente que nunca vi en mi vida se asomaba a la urna y daba el pésame, se tomaba el chocolate caliente y daba el pésame, contaba chistes y daba el maldito pésame. Y mi madre, mi pobre madre gritaba «yo lo quería, yo lo quería, él sólo fue a moler el maíz, pobrecito», mientras otro tipo que nunca vi en mi vida comentaba que yo era pobre pendejo por tenerle miedo a un espanto. Coromoto me veía entonces en la urna y lloraba a montones porque quise hacerle un favor con el maíz y al final ni siquiera se iban a hacer las hallacas, porque cómo se iban a hacer hallacas con muerto, novenario, misa y todo eso. Subí la cabeza. La Sayona estaba frente a mí, con su cara horrible, alzando la mano para matarme y yo, pobrecito, sangre, horror, El Carabobeño, velorio, pendejo...

― ¡Ayyyyyy!―grité largo, como si el cometa impactara al fin y la morfina cósmica me absolviera toda agonía humana.

Petra Verano, con su saco de maíz, pelo y bata blanca, me tomó la mano con ternura de estrella y preguntó:

― ¿Lo asusté, mijo?

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