06 febrero 2014

Carta # 2

Dejas de parecerte a un renacuajo y tienes más cara de bebé. Tu mamá y yo nos endeudados como locos para poner tu cuarto muy lindo, con piso nuevo, paredes recién pintadas y una cama cuna bien estereotipada de serie de televisión.

En la oficina todo el mundo habla de irse del país, y yo no puedo imaginarme haciéndolo, tendría que quebrar la empresa donde trabajo y, vamos, todo es posible.

Quisiera comprar un carro más cómodo para llevarte a pasear por los rincones de Venezuela como hizo mi padre, pero me disculpo por traerte en una época tan complicada. Aunque muchas veces me desilusiono, nunca pierdo realmente la esperanza de que las cosas cambien para bien.

Trato de darle toda mi atención a tu mami, y ella me obliga a despedirte antes de ir al trabajo. Yo no estoy seguro de que me escuchas, pero por si acaso, voy a leerte La isla del tesoro todas las noches para que seas amante de las aventuras.

Últimamente estoy un poco sensible, y trato de aprovechar ese mood para escribir un poco. El otro día se me salieron las lagrimas viendo Up, y me sentí bastante ridículo.

Ya tienes viente semanas. El tiempo pasa volando, ¿no?

02 febrero 2014

Día 15, sábado 12 de septiembre de 2009, Roma

Como a las seis de las mañana yo había guardado el colchón y me había ido a la cama de Susana. Nos levantamos más tarde, y no desayunamos en el hostal porque yo estaba medio arrecho con ellos. Llegamos a la estación del tren, y Susana volvió a comprarse impulsivamente otro legin por dos euros en los buhoneros del terminal. Ya en ese momento vestía uno comprado el día anterior. Yo pensé en caminar por la paralela Sur de la Nazionale para llegar al Coliseo, y desayunar por allí. Comimos en un lugar frente al teatro de la Ópera, Er Bucheto, donde sólo vendían sánguches de pernil. Lo elegí porque los viejitos en negocios solitarios suelen conmoverme, y el pernil se veía delicioso. El lugar pareció ser famoso en alguna época, porque tenía una pared llena de fotos con (supuse) personajes importantes. Ahora era un rincón de pocas mesas (eufemismo apropiado: íntimo), proveedor de pernil a mesoneros de otros restaurantes cercanos.



Por las calles paralelas encontramos una iglesia que no me importó y luego dimos con el Coliseo, que decepcionó un poco por ser un montón de piedras en muy mal estado. En los libros debe estar fotochopeado. Allí me di cuenta de que los legin de dos euros en lugar de negros eran casi transparentes, y a Susana se le veía toda la pantaleta. En los alrededores del Coliseo, había varios recién casados tomándose fotos para sus álbumes de sala, y hasta la chama que el día anterior no la dejaron entrar en el Museo del Vaticano por estar muy escotada.



Después de chulearnos la explicación del Coliseo a una pareja de ancianos gringos con su guía privado italiano, entramos en el parque de las ruinas del Palatino y el Foro Romano. Por cierto, si "ruinas" son algunas piedras tiradas por catorce euros, es preferible cerrar los ojos: imaginar que estaba parado sobre el centro del poder político hace dos mil años mejoró un poco mi ánimo.

Al salir, nos encontramos una manifestación contra Berlusconi, y buscamos un lugar donde almorzar. No fue una buena comida, pero al menos tomamos vino y nos quedamos allí por dos horas, mientras apreciábamos lo que podía ser un divorcio en potencia en la mesa de al lado.

Comenzó a llover cuando nos íbamos, y nos refugiamos primero en una fabulosa tienda de trenes a escala, y luego en el Panteón, que nos encontramos por casualidad frente a una plaza. Allí vimos la tumba de Rafaello, y supimos que es la única construcción romana completa aún en pie. Por fin, algo no estaba destruido. Y gratis.



Regresamos al hostal porque ese día sí teníamos camas asignadas, y aproveché para escribir en el retrasado diario, mientras Susana descansaba. Después de un intento fallido por comprar un combo de pizza margarita + Coca Cola por 3,5 euros, Eric nos contó su aventura en Roma del día anterior, cuando no consiguió donde dormir, y terminó ayudado por un travestí que le ofreció posada. El partía el día siguiente a Florencia, nosotros a Viena.

20 enero 2014

Apollo 18

Te voy a contar una historia pero no se lo digas a nadie porque es súper secreto: soy el único venezolano en viajar en una misión Apollo. Sí, zarpé al espacio una noche lluviosa de 1986, cuando todo el mundo miraba desde su casa la estela brillante del cometa Halley. Lo que nadie sabía es que no era un cometa lo que observaban en el cielo, sino mi nave espacial quemando kilolitros de gasolina de alto octanaje.



Viajé durante dos años en una cápsula de metal, y aprendí de memoria todas las estrellas del firmamento. Todos los días estudiaba los tipos de rocas que debía analizar, y los componentes químicos que necesitábamos encontrar. Fueron dos largos años, viendo al puntito rojo volverse más grande, tan grande que un día nos comenzó a halar su gravedad, y ya no fue necesaria tanta gasolina. Apagué los motores, y descendimos sobre las rocas rojizas de Marte. Abrir la escotilla y ver la superficie fue la mejor experiencia de mi vida hasta aquel momento. Pero esa no es la parte increíble de la historia.



Apenas descendí sobre Marte y pisé la tierra, escuché unos quejidos. Al principio, pensé que eran extraterrestres, marcianos que mi nave había golpeado sin querer durante el amartizaje. Eso me emocionó mucho, debo confesar. Uno de los objetivos de aquella misión ultra secreta era encontrar vida, por eso había estudiado tanto los tipos de roca que debía analizar. Pero no vi a nadie. Miré en todas las direcciones y sólo encontré desierto rojizo. Entonces, me di cuenta de que los quejidos provenían del interior de la tierra marciana, y pensé que tal vez los extraterrestres se encontraban en el subsuelo. Recosté mi oreja en el suelo de Marte, y una voz de ultratumba dijo con mucho eco:

—Amigo, tu nave me está lastimando. Ponla por favor sobre la montaña.

Aquello me asustó mucho. ¿Quién me hablaba? Miré a todos lados, al cielo, pero no había nadie. Pero yo había viajado dos años en una carcacha de metal, y nadie iba a detenerme en mis propósitos. Agarré mi tubo de ensayo como si fuera una pistola, y grité desesperado:

—¿Quién es? ¿Quién habla? ¿Qué quiere de mi?
—Tranquilo, amigo —respondió la voz, conciliadora—. Soy yo, el planeta Marte.

Te parecerá extraño, pero jamás pensé que me tomaban el pelo. Estaba en otro planeta, solo, sobre un cuerpo terrestre supuestamente parlanchín, y con un tubo de ensayo como arma. Miré la superficie donde había amartizado: era blanda como llagas. En cambio, la montaña era rocosa como los callos de las manos.

—Si eres de verdad Marte, demuéstralo —dije retador.

Un volcán a lo lejos erupcionó violentamente. El sonido fue aterrador, como si arrimaras un mueble de tu casa, pero mucho más fuerte. La lava amarilla salió como un chorro directo al cielo, pero en lugar de caer por la gravedad, se mantuvo unos minutos en el aire, formando unas letras que decían en español:

HOLA SOY MARTE

Te parecerá loco, pero le creí. Le creí a la voz. También temí que me arrojara la lava ardiente si no le creía, pero la lava se secó en el aire, y cayó al suelo hecha rocas. «Ígneas, como en la Tierra», dijo.

Arrojé mi tubo de ensayo y deseché el listado de experimentos. Apenas moví la nave a la montaña, la voz comenzó a hablar largo y tendido, durante varios días, como si fuéramos amigos de toda la vida. La voz era del propio Marte, el cuarto planeta, quien tiene vida real como un ser humano, pero es un planeta. Y me contó muchas cosas, incluso de por qué es tan rojo.

Marte era de color azul, un azul más fuerte que el de La Tierra, nuestro planeta. Era un planeta buenmozo (cómo negarlo), no sólo por su color tan llamativo sino porque además tenía cinco lunas, muchas más que sus vecinos cercanos al Sol. Pero resulta que a Marte le gustaba mucho Venus, la planeta que está cerca del Sol. Venus era muy coqueta y dulce, y eso le gustaba a Marte: Marte estaba muy enamorado.

Pero Venus estaba muy lejos: Marte tenía que llegar hasta La Tierra y después recorrer millones de kilómetros más para poder estar junto a ella. Pero Marte era un romántico y lo hizo: a pesar de que Júpiter le advirtió sobre lo peligroso que era un cambio de órbita, Marte no le hizo caso y recorrió los millones de kilómetros necesarios para estar junto a Venus. Y la verdad es que Marte y Venus eran muy felices, ¿no dicen que los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus? Bueno, por eso es que lo dicen.

Pero las advertencias de Júpiter no fueron exageradas: Marte no estaba acostumbrado a estar tan cerca del Sol como Venus. Venus tenía toda la vida cerca del Sol pero Marte no, él estaba lejos, donde hacía más frío. Y como estaba muy cerca del Sol y no usó protectores solares, Marte se insoló. Demasiado Sol recibió. Recibió tanto Sol que tres lunas se le quemaron y se quedó solamente con dos. Pobre Marte. Por eso es rojo, por la insolación que recibió. Y por eso se queja cuando uno lo pisa, porque le duele mucho que le toquen las quemaduras.

Por eso Marte regresó a su antigua órbita, lejos de Venus. Pobre Marte y Venus. Allí Marte espera hasta que algún día se le alivien sus quemaduras, y pueda regresar con su amiga Venus para ser felices, al menos por un rato. Y por eso Venus se forró de nubes para que no vieran sus lágrimas, convertidas en tormentas.

Pero Marte es paciente. Sabe que un día se mejorará, y volverá junto a Venus. Y ella también lo espera.

27 noviembre 2013

Bacterias


Saqué los chorizos del refrigerador, y los lancé sobre la parrillera eléctrica sin dejar que se descongelaran. Media hora después, mastiqué un pequeño trozo, que me pareció un chicle.

Al día siguiente, me golpeé en la cabeza con uno de los estantes de la cocina. Durante cuatro días tuve un ligero dolor en uno de los costados de mi cráneo.

Y todavía hoy puedo sentir las bacterias del chorizo crudo comerse mi cerebro, causándome ese falso dolor de cabeza en uno de los costados de mi cráneo.



02 noviembre 2013

Para H.

Hola, soy P. Soy una persona de marcas. Bebo Solera azul, calzo Converse y visto una franela Zara que se ajusta a mi cuerpo, aunque temo que en poco tiempo la dejaré de usar. También escribo, aunque cada vez menos. Me lo reprocho a veces, antes de dormir, cuando veo a M. y ajusto sus piernas sobre las mías, como un candado, y mi brazo izquierdo oscila entre su pecho y su abdomen, inseguro de presionar sus pulmones, generadores de ronquidos.

Cuando escribo, vuelo. Yo también ronco, pero nunca me he escuchado roncar, por supuesto. M. prepara todos los días el desayuno, y yo trato de cocinar las mañanas de los fines de semana. Me quedan muy ricas las panquecas. Sé que no tienen ciencia, pero a M. le gustan y con eso me basta.

M. cocina delicioso. Tiene la facilidad de hacer el almuerzo en treinta minutos, como en un programa de televisión. Hace tiempo, me sentaba a leer a su lado mientras ella cocinaba, pero ahora me distraigo mucho con mi teléfono inteligente. Procrastinación, le dicen.

Yo bailo mal, pero cuando bailo también vuelo. De todo, escucho lo que me gusta. Siempre hay música en mi cerebro, sólo que la decodifico mal hacia el exterior.

Somos más o menos libres, dentro de lo que cabe. Pero tratamos siempre de pasarla bien.

Eso tenlo por seguro.

18 octubre 2013

Operación Smartphone

Ustedes no saben lo que he visto. Yo estaba en la estación de Metro Gato Negro cuando un chamito robó mi teléfono inteligente. Debo aclarar que apreciaba mucho mi teléfono inteligente. No porque me había costado un ojo de la cara, sino porque me distraía en las colas para comprar papel higiénico. Tiempo atrás, yo sentía esas horas en cola tan inútiles como un militar cuidando pollos en un mercado del gobierno. Pero luego, gracias a mi teléfono inteligente, me ponía a jugar béisbol, y el tiempo se me pasaba volando.

El vagón estaba lleno y yo decidí esperar el siguiente tren. Por eso, saqué mi teléfono inteligente, y me puse a jugar béisbol. Debí sospechar que algo malo pasaría, pero suelo sentirme protegido en lugares con mucha gente y «vigilado con cámaras». Como sea, no vi venir que un niño dentro del vagón lanzaría un zarpazo hacia mi móvil, justo antes de cerrarse las compuertas. Un niño con una camiseta de Los Ángeles Lakers: el violeta desgastado convertido en lila, y una carita feliz dibujada con marcador en el balón del logo. Yo reaccioné tarde, y los golpes que proporcioné a la ventana de plástico fueron un terrible espectáculo para mi ego.

Al menos, no grité. Lleno de una furia desconocida para mí, salté a las vías del tren, y perseguí al vagón que aceleraba su marcha. Raudo, me adentré en el túnel, en el que aún me encuentro perdido.

Ustedes no saben lo que he visto. Al tren lo perdí rápido, evidentemente. Los dos bombillos rojos de la popa se extinguieron como unos párpados que se cierran. Entonces sentímiedo. Si alguna vez se ha ido la luz de noche mientras hacen número dos en su casa, sabrán a lo que me refiero. Incertidumbre, olor a cloaca, calor. Trastabillé varias veces, caí un par, pero nunca utilicé las manos para apoyarme en el piso. Me daba asco. Hasta que escuché el silbido del tren. No era un silbido realmente. Era como alguien que chupaba las últimas gotas de gaseosa por el sorbete. Los rieles vibraron como una oxidada ventana corrediza al abrirla. La brisa caliente me empujó para alentarme a correr por mi vida, o lo poco que quedaba de ella.

Pero no podía correr. No estaba cansado, pero no veía escapatoria. Siempre me he quedado inmóvil en momentos decisivos: cuando niño una vez me atropelló un carrito de helados. El conductor estaba seguro que yo me apartaría, pero yo me petrifiqué en el asfalto. Veinte años después, sucedía lo mismo, pero dentro de un túnel de Metro oscuro y sin escapatoria.

Hasta que los bombillos amarillos de la proa del tren iluminaron la vía. Y pude ver, en un costado del túnel, una pequeña compuerta circular de submarino, apenas más ancha que mi cuerpo. Esta vez no me importó ensuciar mis manos, giré la llave de la bóveda, y me adentré en aquél túnel tan oscuro como el deseo de matar.

Tampoco me quedaba más remedio que seguir adelante. Además, este nuevo túnel tenía una escalera estilo alcantarilla. No necesariamente subía, más bien a veces sentía que bajaba o daba espirales inútiles. Pero no podía parar. Después de todo, si alguien había construido aquello, debía llegar a algún lado. Sólo que yo jamás imaginé a dónde llegaría.

Finalmente, mi cabeza tropezó con otra compuerta de submarino, y giré la llave. La luz me encegueció un momento. Al abrir mis ojos, dos elementos me dejaron frío: uno, el mar; y dos, una torre de rollos de papel higiénico de cuatro pisos de altura.

¿Qué demonios hacía una montaña de papel higiénico en medio de la nada?

Lo del mar fue fácil de adivinar. Me había arrastrado por aquel túnel hasta algún lugar del litoral central, digamos, por veinte kilómetros. Sin duda, un esfuerzo notable, pero tampoco una gran hazaña. Lo que me intrigaba enormemente era la montaña papel higiénico. Pero, como siempre, no sospeché inicialmente que se tratara de algo malo.

Salí del túnel, que simulaba una cañería, y exploré la zona. Debía estar aún en las faldas de el Ávila, porque el mar se veía aún abajo, aunque se encontraba a menos de un kilómetro. El edificio de papel higiénico estaba en medio de un claro de arbustos pequeños, de muchas ramas secas y suelo arenoso, imposible de atravesar sin la ayuda de un machete. No había nada más, ninguna salida que no fuera la falsa cañería por donde había llegado. Ni una tienda de campaña, ni un vigilante, ni una cantimplora que indujera que había estado allí un ser humano recientemente. Hasta que escuché abrirse la compuerta del túnel.

Poco a poco fueron saliendo decenas de niños de la falsa cañería. Eran niños de aspecto pobre, casi miserable, cuyas camisas parecían lonjas de queso holandés, llenas de agujeros. Arrastraban sacos de arpillera, pesados como si fueran sacos de papa, y los amontonaban frente a la torre. Todo esto, en el más profundo de los silencios. En pocos minutos, habían salido cien niños del túnel, y se habían puesto en formación frente a los sacos apilados. Entonces, uno de ellos gritó, y todos comenzaron a aplaudir, a cantar marchas militares, y a dar vivas por alguien que supuestamente los había salvado, aunque no se interesó en darles ropa nueva.

Fue espeluznante. Yo me había ocultado detrás del edificio de rollos, y ahora sentía que me estaba volviendo loco, con niños «verdes» acaparando papel higiénico en medio de la nada. Niños que utilizaban eufemismos como «Patria», «Felicidad» y el «Estado de Plenitud del Alma». Que declamaban versos endecasílabos como un cronista de los años cincuenta, obsesionado por alzar la voz y dar finales contundentes.

No tardaron mucho en descubrirme. Un niño que inspeccionaba la zona comenzó a gritar: «¡Saboteador!», y yo no tuve otra opción que escalar la montaña de papel, lanzando rollos a diestra y siniestra para despistar a mi perseguidores. Pero mientras pateaba la cara de uno de los niños, otros me halaban las zapatillas y el pantalón. Yo seguía por encima de ellos en el edificio pero estaba desesperado, y los niños gritaban y todas sus voces se mezclaban en una sola, en un tono agudo como el pito de una olla de presión. Porque de eso se trataba, de agua hirviendo a punto de quemarme.

Resignado, agarré un rollo de papel higiénico, y atiné a pegárselo en la cabeza a algún niño. No importaba cuál, sólo necesitaba hacerle daño a uno de mis agresores. Pero al bajar la vista, me encontré con el niño que me había robado el teléfono en el Metro. El chamito aquél con la camiseta de los Lakers color lila, y la carita feliz en el balón del logo.

¿Qué demonios hacía allí el ladronzuelo, atacándome con sus secuaces en medio de la nada?

No entendía nada, no encontraba una explicación lógica, mi cabeza daba vueltas, y lancé el rollo de papel a ninguna parte. Los niños seguían halando mis pies, y yo me resistía inútilmente. Hasta que por fin vi el interior de la torre de papel higiénico, y lo entendí todo. Los rollos de papel sólo eran la capa exterior de un enorme cubo de plástico, lleno hasta el tope de teléfonos inteligentes. En un segundo, pude reconocer Iphones, Samsungs, HTCs, y todos los modelos de gama alta de smartphones de los que tenía conocimiento. También vi que el tope del edificio estaba atiborrado de bidones de gasolina. Me convencí, por fin, de que no había escapatoria. Me dejé caer, y los niños me golpearon hasta perder el conocimiento.

Desperté hace cuatro minutos, pero fue como si no hubiera abierto mis ojos. O todo estaba oscuro, o me había quedado ciego. Traté de moverme pero mis manos y pies estaban atadas. Paralizado, pero esta vez no por mis temores. Sé donde estoy: la misma incertidumbre, olor a cloaca y calor. En cualquier momento vendrá el tren. Lo sabré primero por el sonido, parecido a una silla que es arrastrada por el piso. El suelo vibrará como una licuadora cuando es encendida, y mi estómago será el jugo de lechosa dando vueltas en el interior de la taza. Veré los dos bombillos de la proa acercarse, si no estoy ciego, y pensaré en el juego de béisbol de mi antiguo teléfono inteligente, para intentar adelantar el tiempo artificialmente. En mi pose de superioridad moral no me arrepentiré de nada, porque siempre debí saber que nunca hubo escapatoria.

Ya ustedes saben lo que he visto. Ahora corran.

06 octubre 2013

El post del miedo

Hace más de dos meses que no escribo. Me da miedo. Este es un post sobre el miedo. Cuando abrí este blog hace cinco años, lo hice con esa intención. Y por la culpa. Esa culpa que solia comprometerme a hacer cosas que realmente no queria. Y la consiguiente autoflagelación por sentirme culpable de mi incomodidad durante el compromiso. Entonces tuve miedo a la culpa.

Ahora pienso que escribí mi libro pensando más en convertirme en un rock star que en mí mismo. Ya sabes, ganar seguidores en Twitter y Blogger, que por fin me publicara un portal de narrativa venezolana, sentirme más escritor porque había publicado a una edad temprana. El libro tiene cinco cuentos que me gustan, sí, pero los demás son relleno. Y los que me gustan, ahora los reescribiría por completo. Los haría menos estándar, más fluidos.

Eso me hizo sentir culpable por un tiempo.

Ahora, por fin, pienso en hacer otro libro. Tengo algunos cuentos ya listos, pero otros que ni siquiera he podido iniciar. Están allí, me sé la historia, pero no puedo presionar la mayúscula inicial, como si una voz de ultratumba me dijera juega béisbol en tu teléfono en lugar de escribir, y yo le creyera totalmente.

Este es un post de miedo. ¿Viste?